Homilía en el aniversario del fallecimiento de D. José Robles |
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| 10 de diciembre de 2011. Villanueva de Ávila |
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Queridos hermanos sacerdotes, D. Abilio, Vicario General, queridos fieles de la comunidad de Villanueva de Ávila, hermanos y hermanas: Celebramos esta Eucaristía en el centro del homenaje que, con ocasión de la visita pastoral, hoy rendimos al sacerdote de nuestra diócesis y párroco de esta parroquia, D. José Robles Fernández, Padre Pepe, como cariñosamente todos le llamabais. Quiero deciros ante todo que me han impresionado vivamente los testimonios de sus compañeros sacerdotes, muchos de los cuales os encontráis hoy aquí, incluido el testimonio que ahora acabamos de escuchar de labios de D. Sixto. También impresionan las afirmaciones que leemos en sus cartas, como declaraciones de fe, confidencias de su corazón, vivas recomendaciones para ser dóciles al Espíritu de Jesús y seguir sus caminos. Particularmente las que mantiene con una monja de clausura, hermana suya en el espíritu. Ya tuve ocasión de conocer en mi primera visita pastoral a esta parroquia los comentarios de admiración que todos los fieles hacíais acerca de su persona y vuestro deseo de hacerle un homenaje, que hoy tiene lugar. Más tarde fui conociendo otros datos de su vida y de su ministerio sacerdotal. Entre ellos, la muerte que encontró en el río junto con dos fieles de esta comunidad de Villanueva, camino de Pedro Bernardo, su pueblo de origen, para recoger aceite con destino a la cooperativa por él fundada, y acompañado también por el padre de Abilio Blázquez, entonces monaguillo, y hoy Vicario General de esta diócesis. Esta mañana hacemos memoria de todos ellos en la celebración de esta Eucaristía, y con la bendición del monumento que le hemos dedicado. Y la memoria que hacemos en el misterio de Cristo es, ante todo, una acción de gracias al Padre por la persona de D. José y de quienes le acompañaban, y una acción de gracias por las obras que Dios hizo en su vida, y las sigue haciendo ahora en nuestras vidas, por medio de los sacerdotes. Porque hemos de tener los ojos de la fe bien abiertos para descubrir las maravillas de Dios no sólo en el pasado, sino también en las personas y en las obras de los sacerdotes que Dios nos envía hoy como pastores de nuestras humildes, sencillas comunidades. En la primera lectura que acabamos de proclamar, en este segundo sábado del tiempo de adviento, hemos escuchado estas palabras: “surgió Elías, un profeta como fuego, cuyas palabras eran como horno encendido” (Eclo 48,1). La figura del profeta Elías puede ser una bella imagen del sacerdote José Robles. Elías fue “un hombre de Dios”, como lo señala su propio nombre, fue un personaje popular en todo Israel por su extraordinaria fe y por su eficacia en la oración, y su vuelta fue esperada por el pueblo como precursor del Mesías. Son tres rasgos de la personalidad de este Profeta. Podríamos empezar por la última característica de Elías: la espera que el pueblo tenía en que habría de regresar del cielo para anunciar la llegada del Mesías. Y es que la celebración que hoy hacemos en Villanueva de Ávila podría considerarse en cierto modo como un regreso espiritual de Don José. En efecto, él está hoy aquí presente en nuestra mente, en nuestro recuerdo y en el corazón de todos nosotros. El Padre Pepe está en nuestra mente iluminando nuestra vida con los rasgos esenciales de su ministerio sacerdotal, con su espiritualidad profunda y su celo sacerdotal en su entrega de pastor a la comunidad. Él es un estímulo y un ejemplo para los sacerdotes. Y viene también a nosotros para ayudarnos a ser cristianos de honda fe, de renovada esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, y en sincera caridad hacia los demás, como lo fue él mismo. Don José era, a semejanza del profeta Elías, un hombre de fe extraordinaria, un hombre de Dios. Veámoslo en algunos de los testimonios de sacerdotes compañeros suyos: “Tu encuentro con Dios en la oración es algo a resaltar en tu vida –dice su compañero D. Sixto-, los que te conocimos sabemos de tus buenos ratos con el Señor. Tal vez muchos recordarán, ya que con frecuencia lo repetías, era tu preocupación vivir con Él, para Él y junto a Él. De ese trato con el Señor sacabas fuerza para luchar por “tus hijos”, para que tuvieran lo necesario. Sólo tú y el Señor sabéis la lucha y preocupación por los tuyos…, la oración vence”. “En el seminario él se encontró con Jesucristo profundamente–afirma D. Baldomero, su rector- y se entregó a Él con una generosidad admirable. Desde entonces supo encontrar el trato íntimo con Él, siendo un hombre de oración, de mucha oración siempre, en los años en que el trabajo pastoral en favor de “sus hijos” le desbordaba. Si no había tiempo durante el día para pasar ratos en silencio vivo con Él, se buscaba en la noche”. “Largos ratos dedicaba diariamente a la oración –confirma D. Francisco López-. Solía subirse a la torre de la iglesia de Villanueva para hacer oración. Él decía que le ayudaba el silencio, el paisaje. Pero no sólo hacía oración, mucha oración, sino que era un alma de oración. La comunicación con Dios, con la santísima Trinidad era continua en él, vivía en presencia de Dios permanentemente”. Ésta es la primera lección que el Padre Pepe nos da a todos. Vivir enraizados en Jesucristo, firmes en la fe, en presencia de Dios cuando tantas personas dudan o se ahuyentan de Él. Hoy su memoria nos lleva a consolidar nuestra fe en Jesucristo y en su Iglesia. Pero el profeta Elías no sólo era un hombre de Dios, sino que era en sus obras donde manifestaba el poder de la oración. Recordemos que Elías alimentó a una viuda de Sarepta, haciendo un milagro con la harina y del aceite que no se consumía: “No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra”. Después, resucitó al hijo de la viuda, después de haber rezado sobre él. Elías, además, luchó tenazmente contra los enemigos de Dios, los falsos profetas. Los testimonios de los sacerdotes amigos de D. José concuerdan en la coherencia que se dio en su vida entre oración y caridad, entre espíritu sacerdotal y entrega en la ayuda a las gentes, a los pobres, a los obreros, hasta llagar a su extenuación. En el seminario conectó con Rovirosa y con los movimientos apostólicos de HOAC y de la JOC –comenta D. Baldomero- : “Todo esto se tradujo después en su apostolado sacerdotal, sencillamente heroico, en las Umbrías de Navatalgordo, las Hurdes de Ávila que él transformó en Villanueva de Ávila. El esfuerzo que allí desplegó sólo Dios y él lo supieron bien. ¡Qué fe, qué entrega la de aquel sacerdote, qué caridad tan sincera! ¡qué amor cristiano para con todos aquellos feligreses “sus hijos” ¡Qué pobreza!”. Y D. Sixto destaca con admiración su amor a los enfermos: “¿Recuerdas las veces que visitabas los distintos barrios? Allí donde hubiera un enfermo, hiciera como hiciera ibas a verle, a darle ánimos, a pedir juntos a Dios para recobrar la salud. ¿Cómo te esperaban! Te daban las gracias y tú sonreías porque el Señor estaba contigo y así llevabas la paz, la alegría y el consuelo”. En sus cartas, D. José manifiesta su compromiso social con las gentes de un pueblo pobre: “Aquí estamos envueltos en un gran nevazo y sus consecuencias son trescientos obreros parados, pasando hambre y frío; sin Dios y sin pan. Otros sin Dios y con abundancia de bienes”. “El fin de estos talleres –escribía en otra ocasión- es socorrer con dignidad las miserias de mi pueblo, y hacer mujeres con responsabilidad de cristianas. En una palabra, mujeres españolas como esos modelos del siglo XVI. Además quiero hacer una cooperativa para evitar que los pobres sean víctimas de la usura y del hambre. Es decir: primero hacer hombres y luego Santos, pues si no hay lo natural no puede haber lo sobrenatural. La gracia presupone la naturaleza. Las dificultades con las que tropiezo son muchas. Ya me llaman “loco”. Al Sr. Obispo le ha parecido muy bien”. Don José no sólo pretendía promover socialmente a vuestra comunidad, trabajaba por hacer verdaderos cristianos, santos como los hubo en Ávila en siglos pasados. Y un último testimonio que demuestra la grandeza del Padre Pepe: “Tengo montada una escuela parroquial en la que tengo unos 50 mozos matriculados. Les explico Matemáticas, Gramática, Geografía, Urbanidad y Religión. Para marzo montaré para las chicas unos talleres de corte y confección y otro de curtir pieles. Para los niños otro de gusanos de seda y otro de ovejas. Con los hombres me reúno en mi casa todos los martes. Mi casa la llaman “Casa del pueblo”. No te escandalices por el nombre. Estoy bastante agotado físicamente, pues como puedes deducir el trabajo es agotador y sin tiempo para el descanso y con una iglesia de un frío de espanto”. Sabéis que en el momento de su muerte le encontraron en sus bolsillos una cruz y cincuenta pesetas que le había dejado un vecino. La cruz a la que D. José estuvo abrazado toda su vida y el dinero que invirtió en la promoción social de esta comunidad. En el evangelio hemos escuchado que a Jesús le preguntaron sus discípulos por qué decían los escribas que Elías tenía que venir de nuevo a la tierra. Y Jesús les contestó: “Yo os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron. Elías vendrá y lo renovará todo”. Jesús se estaba refiriendo a Juan el Bautista, que ya había llegado como precursor del Mesías y a quien ellos no sólo no reconocieron y no escucharon su palabra, sino que le decapitaron. Esto mismo camino hicieron con Jesús, a quien no escucharon y fue muerto en la cruz por la salvación de todos. Queridos amigos de Villanueva: Elías también ha venido a nosotros en las personas de los sacerdotes que anuncian a Jesucristo. No sólo en D. José sino también en los sacerdotes que han pasado por esta parroquia y por las comunidades de nuestra diócesis, a quienes vosotros conocéis. Un sacerdote es un dispensador de los misterios de Dios. Es una persona que hace presente a Jesucristo como pastor y lo manifiesta en su vida, en la administración de los sacramentos, mediante los cuales nos llega la vida de Dios, la vida eterna. También lo manifiesta el sacerdote en sus obras de caridad para con los más necesitados. Valorad mucho a los sacerdotes, descubrid en ellos la presencia de Cristo entre vosotros: Cristo pobre, humilde, sencillo, generoso. Este es el misterio que encierra la vida de los sacerdotes. Queredlos, amadlos, colaborad con ellos en todo lo que podáis. Orad por las vocaciones al sacerdocio para que no falten pastores en nuestra Iglesia como D. José, como nuestros sacerdotes. Que la celebración de esta Santa Misa nos ayude a dar gracias a Dios por la vida y la obra de Don José y a descubrir a Cristo entre nosotros, su presencia y su servicio, por medio de sus ministros, los sacerdotes. Que la Santísima Virgen nos ayude a todos a seguir a Jesucristo en la oración, en la humildad, en el servicio y en las obras de entrega a los demás. |
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