Homilía en la fiesta de San Juan de la Cruz |
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| 14 de diciembre de 2011. Fontiveros |
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Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Estas palabras de S. Pablo que acabamos de proclamar, iluminan la personalidad y la obra de Juan de la Cruz. Cuanto conocemos de él, escrito con su pluma, pensado en su mente y vivido en su alma, no es sino la inmensa grandeza que Dios regala a aquellos que le aman. También nosotros podemos dejar que Dios diga de nosotros palabras tan bellas como las de nuestro Santo de Fontiveros. Querido Sr. Cura Párroco y sacerdotes concelebrantes, Sra. Alcaldesa y autoridades, Sr. Presidente de la Diputación y miembros de la Institución Gran Duque de Alba, Academia de Juglares, nuevo Juglar de Fontiveros (sacerdote y amigo Teodoro desde hace tantos años en Vicálvaro), queridas hermanas y hermanos fontivereños. Me siento muy feliz de celebrar con vosotros la fiesta de San Juan de la Cruz, en la misma parroquia y junto a la pila bautismal donde fue bautizado el Santo. Correteó por las mismas calles que vuestros hijos y nietos disfrutan con sus juegos. Estamos en su ambiente, en su mismo entorno. Las contrariedades de la vida, sufridas aquí junto a su madre, fueron el comienzo de la experiencia de la Cruz, que Juan llevó pacientemente a lo largo de su vida hasta transformarla en fuente de sabiduría. Os reunís en Fontiveros cada año un buen número de poetas, atraídos por la belleza del místico singular y poeta que fue Juan de la Cruz. A él le habéis dedicado muchas horas, larga imaginación y gran ardor de corazón. La exquisita sensibilidad del Santo ha cautivado vuestra alma de artistas. Su obra poética no es muy extensa pero sí muy bella, honda y misteriosa. En una Noche oscura, Cántico espiritual, Llama de amor viva, Qué bien sé yo la fonte, Un pastorcico, Vivo sin vivir en mí, Entréme donde no supe, Tras un amoroso lance, Sin arrimo y con arrimo... son poemas que alcanzan cotas inigualables en el mundo de la lírica y de la mística y que vosotros habéis analizado, recitándolos un sinfín de ocasiones. También os ha emocionado su producción en prosa: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura del alma. Dichos de luz y amor, Grados de perfección... y otras obras que han hecho de Juan de la Cruz el Doctor de la Iglesia más leído y comentado, interesando al mundo de la lírica, y naturalmente, al de la teología y la mística. De él se ha dicho que su obra poética es angélica, celestial y divina, tanto que se siente religioso terror al tocarla (Marcelino Menéndez Pelayo, Aguilar, 1966); o también que San Juan de la Cruz se yergue como isla solitaria en la literatura religiosa del S. XVI. (Eulogio Pacho, Cristiandad 1969). La dificultad para entender la lírica de Juan de Yepes no es otra que la dificultad que encuentra quien desea comunicar una experiencia espiritual. Narrar el encuentro del alma con Aquel que es infinito excede las posibilidades humanas. Las palabras que nosotros proferimos sobre Dios son necesariamente oscuras, insuficientes para describir al que es Sublime, Indecible, Santo por excelencia. Dios es inefable y por tanto sólo podemos hablar de Él por analogía. De Dios no podemos decir “lo que es” sino “lo que no es” –defendía ya San Justino en el siglo II-. Sólo podemos referirnos a Él por medio de imágenes y símbolos que nos llevan a adentrarnos en el misterio de Dios y desentrañar su contenido. Este mismo lenguaje utilizó ya Jesús al hablarnos del Padre, o del misterio del Reino. De Dios sólo podemos hablar de rodillas, desde la fe, no desde el lenguaje descriptivo. Lo que Dios comunica al alma es indecible –afirma San Juan de la Cruz- (CB 26,4), incluso ininteligible: Dios a quien va el entendimiento excede al entendimiento, y por tanto cuando el entendimiento va entendiendo, no se va llegando a Dios, sino antes apartando (LlB 3, 48). El Santo crea un lenguaje poético que le facilita comunicar algo que está más allá de los sentidos. Narrar la unión íntima del alma con Dios no es tarea de los sentidos sino de la fe, precisa de la gracia y supera el orden natural para adentrarse en lo sobrenatural. Las figuras poéticas que Juan de Yepes utiliza con tanta profusión pasan a ser, en su pluma, simbología mística cargada de sentido transcendente. La Noche oscura, pero íntimamente luminosa a la vez, hace relación a la etapa que precede a la unión del hombre con Dios; el pájaro solitario representa al alma desasida de toda atadura material; las lámparas de fuego que iluminan al alma significan los atributos de Dios; el mosto de granadas embriagante nos acerca a la unión con Dios; las raposas expresan la sensualidad del alma aún no pacificada; el canto del ruiseñor es un himno entusiasta a la Divinidad; las esmeraldas representan a los heraldos del conocimiento místico. Cada metáfora, cada símbolo trasciende el campo literario para adentrarnos en el misterio de Dios que se desvela a quienes buscan con fe. Si nos quedamos en la metáfora literaria, amigos poestas, nos perdemos la esencia de su mensaje. Lo destacable en la literatura poética de San Juan no es tanto una estilística perfecta cuanto su deseo de expresar la unión con Dios, su permanente búsqueda y su abrazo misterioso en el seno de Dios. Sus poemas trascienden el ámbito poético para situarse en la mística, en la unión con Dios. Son auténtica oración y contemplación, misteriosa confesión de fe. Juan de Yepes no fue tanto un poeta cuanto un profundo creyente, un eterno buscador del amor de Dios. San Pablo nos ofrece la clave de su ciencia: Hablamos entre los perfectos una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, sino que enseñamos una sabiduría divina y misteriosa, escondida, predestinada por Dios para gloria nuestra. Juan de la Cruz buscó a Dios en dos espacios, afuera y adentro: en la creación y en el centro del alma. A Dios lo encuentra en los bosques y en los prados: Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de su hermosura (CB 5). Pero más que fuera, Dios está dentro, en el hondón del alma que anda buscando: en el fondo de la sustancia del alma es hecho este dulce abrazo (LlB 4, 14), cuando con todas su fuerzas entienda, ame y goce a Dios (LlB 1, 12). San Pablo nos lo decía en su carta: ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman, Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. A Dios Juan de Yepes lo encontró en Jesucristo y en la edificación de Iglesia: en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar (S 2,22). Como sabemos, al Santo de Fontiveros la vida terrena no le fue complaciente. La indigencia trashumante junto a su madre viuda y sus hermanos en los años de su infancia; los variados oficios y los estudios, la reforma del Carmelo junto a Teresa de Jesús en Duruelo y Mancera. Sus años en Ávila como confesor de la Encarnación; la persecución, los durísimos arrestos de sus hermanos carmelitas en Medina y en Toledo; las fundaciones, acompañando a Teresa en mortificantes viajes, las humillantes relaciones con sus superiores y su siempre frágil salud... todas ellas fueron pruebas constantes que le permitieron saborear la noche oscura del alma y la subida permanente al monte Carmelo. Su vida fue un encuentro permanente con Cristo crucificado: beber del cáliz del Señor es morir a su naturaleza, desnudándola y aniquilándola para andar el camino de Jesús, en el que no cabe más que la negación y la cruz-dice en Avisos espirituales- (Av 7). Queridos amigos poetas y fontivereños: la verdad de Juan de la Cruz no está en sus versos, está en Dios mismo; Dios en el centro de su alma, en sus poemas, en su sensibilidad, en su paciencia, en su humildad y pobreza. Si queréis comprender la altura de sus versos, habréis de aspirar a ser grandes creyentes como él. Una fe intensa facilitará vuestra creación poética. Y una fe vivida en la Iglesia os dará el apoyo y la compañía de quien es verdadera madre. Lo decía Benedicto XVI a los jóvenes este verano: “Permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir por su cuenta o de vivir la fe según la mentalidad individualista que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nuca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”. Hoy damos gracias a Dios por el tesoro que Dios ha regalado a la humanidad: Juan de la Cruz. ¿Pero cómo podremos entender a Juan de la Cruz sin Dios, sin Cristo crucificado, grabado como un sello en su alma? Hoy pedimos a Dios permanecer siempre unidos a Cristo por la fe; y que todos los creyentes nos sintamos iluminados y fortalecidos por su intercesión. Así sea. |
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