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Estar unidos

Amigos oyentes, reciban un cordial saludo. En su exhortación Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), verdadero documento programático del pontificado del papa Francisco,  éste dedica todo un capítulo -el segundo- a denunciar la crisis del sentido comunitario, que tiene manifestaciones tanto sociales o civiles como eclesiales. El Santo Padre pone en guardia frente a la falta de cohesión social, al afán desmedido de lucro y de poder, a la cultura del descarte y de la exclusión que deja fuera a los más pobres, acentuando las desigualdades sociales.

Esta falta de cohesión, de sentido comunitario, de pensar en conjunto y por el bien común, que ahora llaman interés general, lo observamos también a nuestro alrededor, en la sociedad, la vida política a todos los niveles, e incluso en las familias, por poner algunos ejemplos,  y se muestra especialmente virulento en las crisis como las actuales o en los periodos electorales. También las comunidades cristianas, la Iglesia, puede verse afectada por esta falta de unidad, de particularismos excluyentes.

Señala el Papa que “en diversos países resurgen enfrentamientos y viejas divisiones que se creían en parte superadas. A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: «En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros» (Jn 13,35). Es lo que con tantos deseos pedía Jesús al Padre: «Que sean uno en nosotros […] para que el mundo crea» (Jn 17,21). ¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos”.

Para animar en este sentido a trabajar juntos, superando divisiones tanto en la vida cristiana como en la familia y en la vida pública, he querido  escoger para la carta de esta semana un texto del evangelio de S. Marcos: es la escena en que se nos relata la queja que el apóstol Juan presenta a Jesús y la tajante respuesta de éste que desautoriza para siempre entre los cristianos todo monopolio apostólico, así como cualquier exclusión del concurso de los demás a la hora de trabajar por hacer el bien,  por los valores del Evangelio entre los que está hacer un mundo mejor.

“-Maestro, hemos visto –le dice Juan- a uno que echaba demonios en tu nombre , y se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros. Jesús respondió: -No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre, no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”(Mc 9,38-40).

Ojalá tengamos en cuenta estas palabras de Cristo en este tiempo en que los cristianos parece que perdemos cancha en la vida social o se cuestiona nuestra presencia como tales. Si siempre está de sobra la repetida frase, excluyente y egoísta, de Juan de “no es de los nuestros”, hoy más que nunca ya que necesitamos colaborar con todos los hombres de buena voluntad para promover los valores trascendentes de la persona y su dignidad inalienable

Los tiempos que corren para la Iglesia demandan como respuesta en el interior de las propias filas una mayor unidad, comunión, cohesión e incluso, por utilizar una palabra de moda, más sinergia: estar unidos y parecerlo.

El pluralismo de la secularizada cultura actual va tomando cuerpo hasta el punto de hacer cada vez menos perceptible la propuesta del mensaje cristiano, con lo que es más palpable entre nosotros la ruptura entre el Evangelio y la vida.

Hacerse significativo en la espesura de este ambiente no es sólo una cuestión de comunicación de la propia Iglesia, sino sobre todo es un problema de comunión: de apostar por la colaboración, por la complementariedad.

No se trata de renunciar a la legítima pluralidad que nos enriquece a cada uno. No es tampoco una invitación a la uniformidad, pero sí lo es a dejar de perder tanto tiempo en marcar las diferencias mutuas de cada grupo, pretendiendo enfrentar a unos con otros. Ya está bien de estériles confrontaciones de líneas, de recelos y exclusiones –de los “no es de los nuestros”-, de cómodas desviaciones de responsabilidad echando balones fuera, cuando no de la inmisericorde entrega a la auto lesión mientras hay tanto campo por sembrar, tanta gente necesitada de que hagamos el bien.Se trata, en definitiva y en positivo, como mejor ha señalado el recordado san Juan Pablo II refiriéndose a los católicos, de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros.” (NMI, 43). Todos somos necesarios.

Si para los cristianos –tan divididos muchas veces- la unidad es imprescindible hasta el punto de que en ella nos va en juego la credibilidad que haga nuestra fe más convincente para el resto de los conciudadanos, también es necesaria la unidad y la colaboración de los demás en las tareas del hogar, en el trabajo, en la asociación de vecinos, en la peña deportiva, en su barriada, en su pueblo, en nuestra ciudad y provincia, en nuestra región, en nuestra nación. ¡Qué sería de nosotros sin los demás... !  En ello nos va nuestro presente y nuestro futuro. No lo olvidemos.

Con mi saludo fraterno, recibid mi bendición,

+ José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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